
José Pizarro está de vuelta. El que antes deambulaba con un carro de supermercado por el barrio Lastarria. Vestido como caricatura de una anciana, con viejos arapos, un pañuelo a mal traer en la cabeza y una falda que denotaba la falta de depilación de sus robustas piernas. El que frente a la extrañeza de muchos instalaba en la vereda una singular vitrina. Libros viejos, cachibaches, chucherías eran parte del inventario. Pero más allá de su peculiar imagen, José Pizarro se hizo notar por sus escritos apocalípticos. De ahí su seudónimo: “Divino Anticristo”. Loco o no, enfermo, distinto, lo cierto es que el “Divino Anticristo” está de vuelta. Hace un tiempo había sido internado en una clínica siquiátrica por orden municipal y con el beneplácito de algunos familiares. Dicen que la razón de fondo era que su presencia constituía una externalidad negativa para el barrio y, sobretodo, para un nuevo proyecto inmobiliario del sector. Pero el encierro duró poco, aunque del extravagante estilo del “Divino Anticristo” no quedó nada. Ni falda ni pañuelo ni las viejas chancletas. Podría decirse que la “externalidad negativa” pudo más. Pero a favor del necesario paisaje urbano y la diversidad, José Pizarro sólo colgó el disfraz. Su personaje sigue intacto, con su vitrina ambulante, su inseparable carrito y sus escritos. El “Divino Anticristo” está de vuelta.
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