Fue en agosto del año pasado. Nunca había estado en un consulado de Chile en el extranjero. Y, claro, no me había hecho grandes expectativas. Más aún sabiendo lo poco y nada que sabían de mi país en Guyana Inglesa. Un extraño y apartado territorio latinoamericano que sólo consiguió su independencia de la corona británica a mediados de los ‘60. Ahí estábamos -con otros dos periodistas- realizando un documental sobre esta joven nación. Visita obligada era el consulado chileno en Georgetown, la capital de Guyana. Su cónsul, de carácter honorario, no sólo era famoso por ser empresario y poseer la destilería más grande de la zona, con su producto estrella, el ron El Dorado; sino también por tener un programa de televisión en horario “prime”, al cual asistimos como invitados principales. Pero grande fue nuestra sorpresa al llegar al edificio del consulado. La bandera chilena, la tricolor lucía al revés. No era la bienvenida que esperábamos. Rápidamente le informamos a uno de los empleados del lugar para que solucionara el problema. Bajó el pabellón y lo izó en forma correcta. Cuando llegamos a su oficina, le explicamos la situación al cónsul. Lo tomó con humor, pero nos recalcó que durante los últimos cinco años, el mismo número de chilenos había llegado por esos lares. Entendible, pero igual dejamos el nombre y la bandera del país, literalmente, bien puestos.
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