Iquique ciudad que sorprende
Cuando tenía 9 años llegué por primera vez a Iquique. Razones de trabajo de mi querido padre motivaban nuestro trasladado de la capital hasta esta lejana y árida tierra del norte chileno. Hoy a mis 35 puedo decir que esta ciudad no me deja de sorprender. Se dice que posee la duna urbana más grande del mundo, el característico cerro Dragón -por su forma que asemeja a un dragón recostado-; también se comenta que tiene el reloj digital de mayor tamaño de Chile, uno que se enciende en la noche en una de las laderas de los cerros que rodean este puerto, y se rumorea entre sus estrechas y antiguas calles, que esta urbe nortina posee un pacto con extraterrestres. Los hombrecitos verdes que estarían instalados en una gigantesca nave madre -oculta tras la constante nubosidad matinal- protegen a Iquique de calamidades y desastres naturales. De hecho, el tan esperado “gran terremoto” que debiera afectar al norte de este país, no va llegar nunca para los iquiqueños seguros de la protección marciana. Lo que no es rumor, es la belleza de sus playas, quizá las mejores del país, al menos por su ubicación y condiciones para el baño y solanera. Como en ninguna otra ciudad del país acá también conviven distintas culturas. Chinos, pakistaníes, indúes, coreanos, palestinos, peruanos, bolivianos y chilenos -obviamente- coexisten atraídos por la intensa actividad comercial que genera la Zona Franca de Iquique (Zofri). No es extraño ver a hombres y mujeres con vestimentas típicas de sus culturas, incluso hay una mezquita y la particular costumbre de los iquiqueños, que en época de navidad iluminan sus casas y los balcones de sus departamentos, sería herencia de una fiesta indú. Los económicos precios de los vehículos que ingresan por Zofri, aportan lo suyo. Iquique es la ciudad con la mayor cantidad de autos por habitante del país, y en calles y pasajes no es raro ver máquinas abandonadas. ¿La razón? Es más barato comprar que arreiglar. No hay que olvidar la pampa del salitre y sus misteriosos pueblos fantasmas, como Humberstone o Santa Laura, huellas de un pasado glorioso que reclaman restauración y preservación. Más allá, la pampa del Tamarugal, una basta extensión de árboles, añosos y espinosos, que casi como espejismo irrumpen el plano y desértico paisaje. Los pueblos de La Tirana, soleado de día, helado de noche y polvoriento siempre, es la sede de la pagana fiesta del mismo nombre; el pequeño y casi inadvertido Huayca, en medio de muros de adobe y surcos de antiguos humedales; y Pica, el más conocido por su afamado limón y frutas tropicales, así como por su templado clima y aguas termales, dan a Iquique un entorno diverso y atractivo. Pero no todo es maravilla. Lo que podría convertirse en un importante polo turístico, de servicios y negocios sólo tiene la intención de lograrlo. Hoy, los que vivimos en este querido puerto, debemos soportar las consecuencias de una nefasta administración municipal. Iquique debe ser una de las comunas que más ingresos recauda y, sin embargo, no tiene un edificio edilicio y las distintas reparticiones municipales están repartidas por toda la ciudad. El debacle administrativo también dejó a la ciudad con una deuda millonaria con el servicio de alumbrado público que hoy mantiene a una renovada costanera a medialuz, en plena época de verano. Los perros callejeros, la escasa y deficiente mantención de las áreas verdes, el aseo de sus playas y la escasa voluntad de las autoridades locales por resolver estos problemas y otros -no hay que olvidar los autos abandonados en las calles o el uso de cerros y arenales como botaderos de escombros- mantienen a la capital de Tarapacá entre el querer y no poder. Yo quisiera una ciudad organizada, pujante, limpia, ambiciosa en sus proyectos y desafíos, y da pena que Iquique no sólo sorprenda por las características naturales que ofrece, sino también por la pobre gestión que han realizado hasta ahora sus máximas autoridades. Iquique, ciudad que sorprende.






